Desde 1933 hasta 1945, la Alemania nazi operó más de 1.000 campos de concentración con el fin de mantener presos y exterminar a judíos, comunistas, anarquistas, personas con discapacidades y demás colectivos calificados como inferiores o traidores por el ideario nazi. Los más sangrientos fueron los Campos de Auschwitz, Treblinka, Belzec y Dachau, donde morían más de 1.000 personas al día. En España el Franquismo creó 300 campos de concentración que funcionaron desde el golpe militar hasta finales de los años 60, encerrando entre sus paredes a más de un millón de españoles que serían utilizados por el régimen como mano de obra esclava. Gran parte de las políticas de construcción de la posguerra están hechas con la mano de obra forzosa de estos prisioneros de campos de concentración que, en Galicia, llegaron a poner en pie uno de los mayores aeropuertos de la Comunidad. 2.000 presos políticos que durante una década trabajaron para convertir un pequeño aeródromo en un aeropuerto internacional: el aeropuerto de Santiago de Compostela.

Los campos de concentración franquistas eran lugares de exterminio, de selección, de castigo y de reeducación y, aunque la mayoría de los internados eran prisioneros de guerra, también había presos políticos tales como maestros, periodistas, militantes o simpatizantes de las organizaciones republicanas. Por los campos de concentración de Franco pasaron entre 700.000 y 1.000.000 de españoles que sufrieron el hambre, las torturas, las enfermedades y la muerte. La mayoría de ellos además fueron trabajadores forzosos en batallones de esclavos.

La mayoría de estos campos se establecieron en plazas de toros, conventos, fábricas o recintos deportivos. Ninguno de los presos solía ser juzgado ni acusado formalmente, ni siquiera por tribunales franquistas, y pasaban una media de cinco años retenidos en ellos. La comunidad autónoma que más campos albergó fue Andalucía, pero los hubo por todo el territorio español.

En Galicia tuvimos once. En Cedeira, Ferrol, Betanzos, Muros, A Pobra, Rianxo, Padrón, Oia, San Simón, San Clodio y A Guarda. Uno de ellos fue el que contribuyó a crear el mayor aeropuerto gallego, el campo de concentración de Lavacolla.

En octubre de 1932 un grupo de aficionados a la aeronáutica decidía constituir un aeroclub en la ciudad de Santiago de Compostela. El 28 de diciembre se nombra la primera junta directiva que dos años más tarde selecciona los terrenos para levantar un aeródromo en la zona denominada Crucero Bonito, en Lavacolla. Las primeras obras, a principios de 1935, suponen la explanación y compactación de tres zonas de aterrizaje, que llevan a la inauguración del Aeropuerto de Lavacolla, el día 28 de julio de 1935, aunque más que un aeropuerto seguía siendo un pequeño aeródromo.

Lavacolla fue cerrado en 1939 pero las autoridades franquistas creían que allí podría instalarse una academia de aviación y un gran aeropuerto internacional transoceánico para Galicia pero, para ello, necesitaba ampliarse la capacidad de sus instalaciones. Franco vio en los presos políticos la mejor manera de sacar adelante el proyecto así que, ese mismo año, los reclusos del Campo de Concentración de Lavacolla eran reconvertidos en miembros de un Batallón de Trabajadores. Mismo perro, distinto collar.

Este Campo estaba instalado en unas viejas naves próximas al aeropuerto que se encontraban en estado ruinoso. En su interior convivían hacinados y en condiciones infrahumanas entre 2.000 y 3.000 prisioneros, que comenzaron a trabajar desde 1940 en las obras de ampliación de Lavacolla.

Según el testimonio que nos dejaron algunos de los prisioneros, el batallón tenía que formar a las 5 de la mañana, tomaban café (o agua estancada) y partir a su destino a pie durante unos tres kilómetros. En el tajo tenían que cavar, picar y cargar tierra y piedra en varios vagones que trasladaban sobre una vía a distintos cerros para allanarlos. Según algunas estimaciones, estos esclavos movieron más de 40.000 Toneladas de tierra para crear la plataforma sobre la que se construiría la nueva y flamante pista de aterrizaje. 

Daba igual que lloviera, hiciera sol o nevara. Casi sin ropa y a merced de los elementos, recibían palizas, torturas y vejaciones si no cargaban lo suficiente o por el simple placer de sus sádicos captores. Además, para hacer sus necesidades, ellos mismos tuvieron que cavar una gran cuneta al lado del campo, en la que habitualmente eran lanzados por los guardias por pura diversión. 

Pero no solo prisioneros políticos construyeron Lavacolla, también los hombres de Santiago de Compostela eran obligados a dedicar una jornada semanal a la obra. Solo los que pagaban una compensación de 5 pesetas (unos 0,03€) se libraban de trabajar.

El Campo de Concentración de Lavacolla cerró sus puertas en 1945 pero los trabajos forzados en las obras del aeropuerto se mantuvieron hasta 1950, año en que se finalizó la nueva pista de aterrizaje que cumplía con los requisitos exigidos a un aeropuerto internacional. Uno de los edificios originales del campo es en la actualidad un hostal y restaurante. 

La apertura provisional al tráfico comercial nacional e internacional se produjo el 30 de junio de 1947. Un sencillo barracón de madera servía de protección para los viajeros. Pero no sería hasta la década de 1960 cuando se puede hablar de un aeropuerto comercial real, cuando se le dotó de las infraestructuras necesarias para su volumen de pasajeros, como son el parque contra incendios, la nueva torre de control y la terminal de pasajeros.

El 2 de abril de 2020 el BOE publicaba el cambio de nombre del aeropuerto, que pasaba a denominarse Santiago-Rosalía de Castro, en homenaje a la escritora más representativa de la lengua gallega, con motivo del 180 aniversario de su nacimiento, y reivindicar así su memoria y su contribución a Galicia.

El caso del Lavacolla no fue único en Galicia. El Obispado de Ourense o el Pazo de Adai en Lugo fueron otras de las obras que Franco encomendó a presos políticos, mano de obra esclava.

En el año 2006 se inauguraba en Lavacolla un monolito de piedra en memoria de aquellos presos que fueron tratados como esclavos, muy cerca del aeropuerto que ellos mismos habían levantado con sus propias manos.

El 10 de diciembre de 1937, el párroco de Lavacolla oficiaba una misa en honor de la Virgen de Loreto, patrona de las fuerzas aéreas y de la aeronáutica. Justo a la derecha del altar colgaba glorioso un gran estandarte de la Alemania nazi, testigo de la alianza entre Franco y Adolf Hitler. Los presos de Lavacolla no tenían ni a Dios de su lado.

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